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viernes, 5 de agosto de 2011


Allí estaban los dos reprochándose hasta lo que no fue, intentando comprender el porqué, y no querían entender que si hubieran echado a un lado esa cabezonería, un poco de su orgullo, y aquella cosa a la que llaman dignidad, aún seguirían mirando la luna juntos, como en los viejos tiempos. Pero ahora todo se había echo pedazos, y la noche no supo llevarles a su ayer, vestían de soledad y calzaban de vacío. No se tenían, no tenían nada. Y mientras se decían lo que no querían oír, yo no pude evitar gritar: ¡Callaos la boca ya!, vosotros elegís de qué forma.



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